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viernes, 16 de abril de 2010

Discapacitado tras el seísmo: Joe-Verly vuelve a caminar

Se estima que el terremoto ha causado de 2.000 a 4.000 discapacitados Carlos Fresneda (Enviado especial), Puerto Príncipe

Actualizado viernes 16/04/2010
Joe-Verly Charles perdió media pierna en el terremoto. Pese a sus nueve años, supo plantarle cara al dolor con la misma receta que todos los haitianos: entereza y silencio. Apenas lloró, pero dejó de sonreír. Sus ojos se habían cubierto con la neblina de la desolación, pero su rostro se iluminó ayer con un destello de esperanza.
Joe-Verly ha vuelto a caminar por su propio pie. Con la ayuda de Handicap International y Healing Hands for Haiti, la niña dio sus primeros pasos con una prótesis hecha a la medida de su malograda pierna izquierda... “Es más fácil de lo que esperaba; me siento bien, muy bien”.
Los primeros y tambaleantes pasos de Joe-Verly, apoyándose en las barras paralelas, son la metáfora doliente de Haití al cabo de estos 100 primeros días. La mirada cómplice de su padre, Charles, es el espejo al que se miran los supervivientes que lo perdieron todo, pero que al menos salieron ilesos. Las manos del protesista salvadoreño Gilberto Abarca simbolizan finalmente la pequeña gran ayuda de cientos de voluntarios anónimos, venidos de medio mundo para ayudar a Haití con su experiencia.
“Pronto estarás yendo sin muletas a la escuela”, vaticina Gilberto, mientras da los últimos retoques a la prótesis. “Hoy te irás de aquí con tu nueva pierna y ya nos dirás cómo te encuentras”.
“Estábamos todos en casa cuando el temblor”, recuerda entre tanto el padre, Charles. “La escuela junto a la que vivíamos se derrumbó sobre nosotros y a Joe-Verly le cayó una pared encima. Mis otros siete hijos no sufrieron grandes daños, pero ella perdió su pierna. Los médicos nos dijeron que no tenían otra solución: había que amputar”.
Se estima que el terremoto ha causado de 2.000 a 4.000 discapacitados, casi todos ellos repartidos por los campamentos donde tienden sus redes los 500 voluntarios de Handicap International. Entre ellos, Jennifer Watters, una fisioterapeuta que lo dejó todo en su hospital de Virgina para volcarse durante tres meses con Haití: “Es increíble cómo los haitianos pueden vivir en medio de la destrucción, cantando y viviendo con esa sensación de paz que se acaba apoderando de ti”.
La misma y reconfortante “sensación” se ha trasladado hasta la clínica/taller de la avenida John Brown, por donde pasan a diario más de 25 pacientes discapacitados. La parte técnica recae sobre todo en los siete salvadoreños de la Universidad Don Bosco que se dejan más de diez horas diarias trabajando en la fabricación “in situ” de las prótesis, con la ayuda de otros expertos locales.
“Lo que más me sorprende es lo rápido que esta gente se ha adaptado a la nueva situación”, admite Gilberto. “Los niños se ajustan en un abrir y cerrar de ojos. En poco tiempo les ves jugando al fútbol o bailando con la prótesis”.
Ulysse Balnave, de siete años, aprende a correr con su nueva pierna, apoyándose ocasionalmente en un bastón de hockey. Su sonrisa contagiosa desarma a todo el que se acerca. Su drama oculto es éste: su padre le abandonó, su madre se marchó al campo y el único lazo familiar que le queda es su tía, que perdió a todos sus cinco hijos en el terremoto y sólo le queda el consuelo de su querido sobrino.
Fymeé, de cuatro años, es la más pequeña en la clínica. La niña estaba en casa de una vecina cuando ocurrió el temblor y se quedó atrapada entre los escombros varias horas. Fymeé sufre con los primeros ajustes de su prótesis y hace lo imposible por no romper a llorar. En apenas media hora, su sonrisa desdentada vuelve a brillar. Cuando mira hacia abajo, apoyándose aún en sus inseparables muletas, alcanza a ver dos zapatillas rosas. La prótesis forma ya parte de su tierna naturaleza.
Perdió la conciencia y no sabe siquiera quién la rescató
Con su sombrero de paja y su serena expresión, Roseméne Jean, 52 años, tampoco pasa inadvertida. El terremoto le sorprendió como a tantos hatianos, vendiendo las habichuelas en plena calle. Su casa se desplomó sobre ella, y estuvo atrapada durante un día. Perdió la conciencia y no sabe siquiera quién la rescató. Se despertó a tiempo para recibir la dolorosa noticia: había que amputarle la pierna izquierda hasta medio muslo.
Roseméne sufre y calla. Tiene tres hijos que ya han vuelto a la escuela, pero ella no puede aún trabajar y eso la inquieta. “Mi familia me necesita porque tenemos que comer”, asegura. “Pensé que Dios me había condenado a pasar el resto de mi vida en silla de ruedas, pero gracias a la ayuda impagable de esta gente voy a poder caminar. Espero que sea pronto”.
Más de 300 haitianos se beneficiarán de las prótesis de Handicap International en los seis meses de emergencia. La portavoz del grupo, Sylvia Sommella, nos explica la labor complementaria de terapia física en los campamentos y en las “antenas” (tiendas portátiles para la asistenca a los heridos). Sus furgonetas surcan día y noche las calles de Puerto Príncipe, fieles a la bulliciosa e inquebrantable consigna de los cien días: “Haití en marcha”.
http://www.elmundo.es/america/2010/04/16/noticias/1271435400.html