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jueves, 22 de abril de 2010

A 100 días de la catástrofe: HAITI AHORA O NUNCA

Carlos Fresneda, Puerto Príncipe
jueves 22/04/
El sol pega duro a las seis de la mañana en Haití. A esas horas, las calles de Puerto Príncipe son ya un hervidero trepidante de gente buscándose la vida, vendiendo lo que no tienen entre las ruinas, plantándole cara a la tragedia con una entereza a prueba de bombas, terremotos y ciclones.
Hace cien días que tembló la tierra, pero los haitianos han vuelto a la faena con pasmosa premura, entre montañas de cascotes y de basura fermentada, entre ríos de agua sucia y barrizales inmundos, entre una marejada de ciudades-tienda que noche tras noche se inundan y les condenan a una perenne y nauseabunda duermevela.
Pero todo esto forma ya parte de la 'rutina' en Haití, ante los ojos incrédulos de los cooperantes que siguen preguntándose de qué fibra está hecha esta gente, cómo son capaces de tirar del carro en la devastación absoluta, después de haber perdido a la familia y sin más 'posesiones' que la dignidad y la paciencia, prestos siempre a desarmarte con una implacable sonrisa.
"Hay un dicho haitiano que lo expresa todo: mientras no te corten la cabeza, tienes la esperanza de ponerte el sombrero"... Jordi Bach, catalán sin fronteras, había tomado ya la medida al espíritu inquebrantable de los haitianos antes del temblor. Lo visto y vivido desde entonces han servido para reafirmar su fe en este pueblo vapuleado por la historia, pese a los nubarrones negros que penden cada tarde en el horizonte.


La fortaleza del pueblo
"Los haitianos son muy apañados, pero no saben el potencial que tienen", asegura Jordi mientras 'callejeamos' por los dos campamentos de CESAL en Cité Militaire, unos de los barrios más castigados de Puerto Príncipe. "Tenemos a nueve millones de personas con una capacidad extraordinaria, atrapadas en el peor de los sistemas... En medio de toda esta destrucción, se abre una última oportunidad: o Haití sale de ésta ahora, o no sale nunca".
Cinco años pone de plazo Jordi para ver 'despegar' a este país incomprendido. Cinco años para rebatir la "falsa imagen de Haití" y comprobar de paso si la comunidad internacional da la talla. Porque aquí se está gestando también el futuro de la cooperación, sin los paternalismos ni las actitudes neocolonialistas del pasado.
"Yo dudaba de la necesidad de una misión de la ONU antes del terremoto y lo sigo dudando ahora", asegura la burgalesa Egido Sanz, de Solidaridad Internacional. "¿Por qué necesita este país ocho mil militares? Lo que hace falta es entablar lazos con las contrapartes locales, compartir conocimientos y experiencias, pero dejando que sean ellos quienes lleven en todo momento las riendas".
"Haití no va a sucumbir y cada día lo demuestra con esa explosión de vida que se palpa en las calles", afirma Egido, curtida en África y Centroamérica antes de explorar las zonas rurales de Jacmel, donde la sociedad civil ha hecho piña ante el desastre. "Tengo esperanzas por este pueblo, pero tengo también serias dudas sobre cómo va a ser gestionado todo esto".

Una puesta a prueba fuerte
Más tiempo que nadie lleva al pie del cañón la inquebrantable Sor Pilar Pascual. Casi media vida (27 años) se ha dejado la monja y enfermera navarra en el Dispensario de María Magdalena, de las Hijas de la Caridad, a tiro de piedra de Cité Soleil. Incontables huracanes, golpes de estados y demás contratiempos políticos y naturales han pasado ante sus ojos endurecidos...
"Pero nunca nos enfrentamos a un desastre de la magnitud del terremoto. A los diez minutos ya estábamos aquí atendiendo heridos y más heridos. Ocho de ellos se nos murieron... Los haitianos han perdido lo poquísimo que tenían, ya los ves. Ahora sí que es una auténtica lucha por la supervivencia. Los problemas que tienen son tan inmensos que es muy fácil perder la esperanza. Esta gente empieza a sufrir desde antes de nacer; no creo que ningún otro pueblo del mundo tenga la misma capacidad de resistencia".
'Resiliencia' es la palabra. O sea, la capacidad de un individuo para sobreponerse al dolor emocional, multiplicado en este caso por nueve millones. La aragonesa Loyda Santolaria, psicóloga de Médicos Sin Fronteras, ha podido comprobarlo en las últimas tres semanas, desde que aterrizó en Puerto Príncipe...


Dignidad
"Vengo de estar con los palestinos, que son también un pueblo asombroso, pero nunca he visto nada parecido. Esta gente ha sufrido tanto que lleva ya en los genes esa capacidad para plantarle cara a la adversidad. Algunos lo llaman orgullo, pero yo pienso que es dignidad".
"Antes del terremoto, Haití era ya una emergencia", recuerda Julian Bajo, 54 años, nacido en León, criado en el País Vasco y curtido en la lejana Arreguy, donde pasa estos días sus 'vacaciones'. Bajo es médico familiar y miembro de Ingeniería Sin Fronteras. Todo su empeño es crear aquí, en el sur profundo de Haití, un modélico centro de salud.
"El haitiano es un pueblo superviviente por naturaleza", asegura, "pero las necesidades son tan grandes que toda ayuda es poca. Mucha gente ha venido a las zonas rurales tras el terremoto, pero se han dado cuenta de que aquí no hay manera de salir adelante porque no hay trabajo. La única opción de vida es la subsistencia".
Cerramos el círculo haitiano en Carrefour-Feuilles, ante los hierros retorcidos de lo que fue la Escuela de San Gerardo, donde perdieron la vida cerca de 300 niños y profesores. El padre José Miguel de Haro, de la Fundación Acoger y Compartir, ha interiorizado a su manera tanto dolor y anda ahora embarcado en el proyecto de la nueva escuela, con el apoyo del Real Madrid.
"Veo bastante actividad en el horizonte, y eso es bueno", atestigua el padre Haro, pese a todo lo sufrido, desde el altozano de sus nuevos sueños. "Ojalá que esto fuera un amanecer, y no una puesta de sol. Haití se merece otra suerte".
http://www.elmundo.es/america/2010/04/22/noticias/1271939983.html