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lunes, 22 de noviembre de 2010

Haití o el absurdo de esta época

21-11-2010 “Haití es una metáfora del mundo”.
“Los haitianos sufren las consecuencias del fracaso de su Estado. Pero tras 200 años de independencia, las posibilidades de lograr el “consenso estatal” parecen ilusorias. ¿Tiene viabilidad, incluso, tiene sentido, fabricar una identidad nacional, una moneda, un ejército, unas aduanas, en fin, los atributos del Estado de hace 100 años? ¿No están mejor los de Puerto Rico (asociado a los USA) que muchos que son soberanos? Y esta es una pregunta para los entusiastas de independencias varias, sean saharauis, vascos, catalanes o corsos, etcétera. Haití nos plantea las limitaciones “naturales” de este tiempo.”
Hace 11 meses escribí estos párrafos en este medio. Era una de las muchas veces que Haití me producía un sentimiento parecido “al absurdo existencialista”, el de Camus, más que el de Sartre. “¿Qué más le puede suceder aún peor a Haití?” me preguntaba retóricamente en ese artículo, que trataba del terremoto. Pues le puede suceder una epidemia de cólera.
El cólera es una enfermedad relativamente nueva. A Europa llegó hacia 1830, probablemente, desde Asia. Al igual que la peste del siglo XIV, el cólera se propagó desde la India al Mediterráneo, afectando también a las rutas terrestres que enlazaban el Indo con el Imperio Turco. Hoy en día no es una enfermedad peligrosa. El “vibrio cholera”, la bacteria causante, produce consecuencias que pueden tipificarse de graves, con riesgos mortales, en uno de cada veinte casos. Lo normal es que el contagiado evolucione con síntomas leves, si es tratado con los medicamentos adecuados, está hidratado convenientemente, y reúne un mínimo de condiciones higiénicas. El cólera no se contagia por vivir cerca de esos enfermos. La vía de propagación son las heces de los enfermos, que contaminan fácilmente las aguas de consumo o de riego, en poblaciones hacinadas y que no depuran los vertidos.
Pero Haití reúne todas las peores condiciones, y más con 1 millón de personas malviviendo en tiendas de campaña, después del terremoto, los huracanes y otras pesadillas. Los que han visto esos campamentos aseveran que las aguas fecales discurren libremente. Según parece, han muerto del cólera más de 1.100 personas, y se supone que han enfermado casi 50.000 haitianos. No obstante, los primeros casos se detectaron en los inundados campos de arroz. La preocupación está en que se produzca un contagio masivo entre los que perdieron sus casas con el terremoto de enero. Un portavoz médico local manifestó esta semana pasada que de continuar la mala situación sanitaria actual, agravada por las protestas sociales, la cifra de muertos podría llegar a 10.000, y la de afectados por la infección rondaría las 250.000 personas.
Los relatos sobre la desmoralización de esos haitianos que sufren una nueva prueba apocalíptica -¡y van tres en lo que va de año, descontando la prueba de haber nacido en Haití!- recuerdan las páginas de Tucídides, Giovanni Boccaccio o Albert Camus sobre otras epidemias históricas. Como empieza a suceder en Haití, la dignidad humana desapareció, engullida por el miedo a una muerte repugnante, en un grado que solo fue superado en los campos de concentración nazis.
Esos temores al contagio desatan una irracional violencia contra aquellos que cualquier demagogo señala como responsables de los males. En 1834, cuando apareció el cólera por primera vez en España, se propaló que los curas habían envenenado las aguas del rio Manzanares, en Madrid, y como consecuencia de esos infundios, una muchedumbre excitada por esos bulos, asesinó a varios clérigos. Eran tiempos convulsos, con los carlistas levantados en armas.
En Haití, el domingo 28 de este mes, se celebran elecciones presidenciales. Hay diversos grupos que quisieran suspenderlas. Un profesor universitario haitiano, apellidado Merilien, ha recogido la herencia de Duvalier y de Aristide, un nacionalismo victimista, y se ha aprovechado de las reacciones populares que provocan los rumores intencionados: que la enfermedad la introdujeron los contingentes nepalíes de las Naciones Unidas. El eslogan de este líder incipiente, que lo soltó en una manifestación que organizó en Puerto Príncipe, fue: que se vayan las tropas de la ONU, y exigir la independencia para Haití.
“Hace falta un nuevo consenso mundial para dotarnos de un orden que compense las incapacidades de la ONU y de los antiguos Estados. A la espera de un gobierno mundial: utopía necesaria, es decir, creyendo que no es extravagante.” Esto escribí en enero de este año.
Para contactar con el autor: jj.laborda@elimparcial.es
http://www.elimparcial.es/mundo/haiti-o-el-absurdo-de-esta-epoca-74352.html