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lunes, 15 de febrero de 2010

Seis haitianos, seis esperanzas

• Sheila, 28 años: 'Fue horrible pero hay que seguir'
• Catrina, 16 años: 'No tenemos mucha comida, comeré cuando Dios lo diga'
• Luman, 34 años: 'No tengo confianza en los políticos que tenemos'
• Jean Fleurisme, 37 años: 'Hay que ser felices para seguir adelante'
• Edward, 28 años: 'No es suficiente la ayuda que nos llega'
• Franklin, 25 años: 'Esperamos que Dios nos ayude a salir de esta'
Roberto Bécares (Enviado especial) | Puerto Príncipe
Actualizado lunes 15/02/2010 20:10 horas
Haití tendrá que reinventarse a sí misma los próximos años cimentando su progreso en la ayuda internacional. Nuevas construcciones, nuevas carreteras, nuevos puestos de trabajo...; pero, ¿qué le espera al haitiano en las próximas semanas, en el futuro inmediato?.
ELMUNDO.es recaba la opinión de varios de ellos. Todos coinciden en que el presidente Preval no es la solución por sí mismo, y que habrá que esperar con paciencia a ver que trae el paso del tiempo, aunque todos tienen claro que sólo hay un solo salvador: Dios.
Sheila, 28 años, estudiante: 'Acabaré mis estudios'
Vio cómo decenas de sus amigos morían al derrumbarse durante el terremoto la Universidad Episcopal a la que acudía a estudiar managment. Un mes después de la catástrofe, su relato es frío, como mil veces contado ya. "Estaba entrando a clase en la segunda planta de la Universidad cuando empezaron los temblores", explica Sheila, de 28 años, que salvó la vida gracias a sus compañeros.
"Me empujaron hacia el balcón y caí hacia abajo, pero sólo tuve varias contusiones. Gracias a Dios que me empujaron", afirma esta joven que desde entonces vive en un campo de refugiados de Leogane, a una hora en coche de Puerto Príncipe. Su familia se salvó también. No estaban en casa pero perdieron su hogar.
Ahora ella trabaja en una fundación que gestiona los recursos del campamento donde vive. Todos los campos de refugiados formados tras el seísmo, unos 420 repartidos por todo el país, tienen responsables que se encargan de recibir la ayuda y distribuirla. "Aquello fue terrible, murieron muchos amigos míos, pero hay que seguir; cuando vuelve a estar en funcionamiento la universidad volveré para acabar mis estudios", indica.

Catrina, 16 años, estudiante: 'Comeré cuando lo diga Dios'
Varios hermanos de Catrina, residente en Puerto Príncipe, resultaron heridos en el terremoto, pero a ella no le pasó nada. Ahora acude a las misas diarias que se celebran en la ciudad para conmemorar los tres días de luto oficial. "No tenemos mucha comida, pero yo comeré cuando lo diga Dios", suelta convencida mientras sus hermanas pequeñas la observan con atención.
Su casa en Puerto Príncipe quedó hecha trizas y ahora, como un millón de haitianos, duerme en un campo de refugiados. Confía poco en el presente pero mucho en el futuro. "Algún día seré enfermera", proclama esperanzada.

Luman, 34 años, parado: 'No hay trabajo ni lo habrá'
Luman Robinson vivía en el barrio de Delmas cuando ocurrió el terremoto, que también se llevó su casa por delante, aunque toda su familia resultól ilesa porque estaba en la calle. Su rostro transmite una pena infinita. Dice que lleva varios años en paro y que el terremoto sólo ha empeorado las cosas. Afirma que a su niño lo da de comer "gracias" a su "familia". "Si no no podría hacerlo, no tengo nada".
"No hay trabajo, ni lo habrá; no tengo confianza en los políticos que tenemos", explica mientras vigila a su hijo, que hace sus necesidades en un contenedor lleno de moscas cerca de la Gran Rue, donde se vinieron abajo los edificios gubernamentales y sigue habiendo ese olor profundo e hidiente que desprenden los cuerpos sin desenterrar.
Jean Fleurisme, 37 años, artista: 'Mañana vuelvo a trabajar'
Jean Fleurisme habla un español aceptable. Es artista de artesanía. Su casa en Delmas no se vino abajo pero ahora tiene miedo a dormir allí. "Es que como haya otro terremoto...", se justifica.. Afirma que Dios les ayudará a salir adelante, pero él ya se ha puesto en marcha. "Mañana vuelvo a trabajar", indica con vehemencia.
"Hay que ser felices para seguir adelante e ir a la Iglesia todos los días para dar gracias de que estamos vivos", asegura en un testimono que se repite por todo el país, profundamente religioso, donde los autobuses de colores chillones llevan impreso en sus laterales frases como 'Dios te dirige' o 'Dios te ama'.
Edward, 28 años, parado: 'Preval no lo puede hacer solo'
Hace tres años que dejó de trabajar, pero entre las pocas cosas que Edward consiguió salvar del desastre está el certificado de trabajo como trabajador del puerto de Puerto Príncipe. Sólo trabajó allí dos años pero lo enseña con orgullo. Es el expediente de su vida. "Cuando empezó el terremoto presentí que algo grave iba a pasar y salí de mi casa corriendo como un loco", afirma este joven de sonrisa enorme que perdió a "muchos primos" en el seísmo del 12 de febrero.
"No es suficiente la ayuda que nos llega. No tenemos ni comida ni agua. Tengo suerte de estar vivo. Mi casa no fue derribada, pero ahora me da miedo vivir allí, habrá que aguantar aquí el tiempo que sea", dice en el interior de la tienda de campaña donde vive, entregada por la Organización Internacional de la Migración, dependiente de la ONU.
En su interior tiene un espejo, varias cazuelas, sabanas, y cajas de comida. "Habrá que esperar a que Dios cambie la situación; el presidente Preval no lo puede hacer solo", concluye con resignación sentado bajo su nuevo tejado de plástico cerca del aeropuerto.
Franklin, 25 años: 'Esperamos que Dios nos ayude'
Estuvo varios días subiéndose por la paredes hasta que un amigo le dijo que su familia estaba bien. Trabaja de vigilante de seguridad de un edificio de viviendas en Santo Domingo y no puede dejar el trabajo para ir a ver a sus hermanos y padres porque necesita ir todos los días a ganar su salario para enviarles dinero a su residencia del barrio de Carrefour. "Mi mamá lo perdió todo", indica, para luego dudar si Dios les ayudará a salir de esta. "Eso es lo que esperamos".
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