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lunes, 15 de febrero de 2010

El guitarrista de Puerto Príncipe


Cuadernos de Haití
RAMÓN LOBO | Enviado especial - Puerto Príncipe - 16/02/2010
 Decenas de cuadrillas de hombres y mujeres se afanan en recoger la basura de varias semanas ayudados de cartones y escobas de mimbre y palos de todos los tamaños. Parece que finalizados los tres días de duelo oficial, en los que se cantó a dios y se temió al diablo, la ciudad entera desea sacudirse la tristeza de encima y embellecerse de alguna manera en medio de un paisaje de ruinas y escombros.
Florvie Dieuveson tiene 10 años y parece feliz. Brinca entre los voluntarios armado con una botella de plástico verde y una goma elástica atada. De ese estrafalario instrumento obtiene música a la que acompaña con una letra inventada por él que trata del terremoto, los muertos y las personas como él y su madre que se quedaron sin hogar. De esa goma de sujetar, el niño artista obtiene un sonido armonioso y agradable; hasta su letra parece un conjuro contra el desánimo. No pasan ni 10 segundos hasta que se forma un coro de curiosos entorno al nuevo Hamelin.
Entre el público que acude donde brota una gota de felicidad hay ancianos desdentados, hombres maduros en los huesos, mujeres cansadas de portar agua y otros niños que viborean envidiosos la notoriedad de un mocoso. Cuando termina la canción se escuchan aplausos. Es el premio a quien les ha logrado arrancar una sonrisa. Aunque la ayuda humanitaria les llega a todos con cuenta gotas y en algunas televisiones occidentales presentan a los haitianos como un pueblo arisco y violento, estos habitantes de Puerto Príncipe, víctimas históricas de todas las desgracias, saben ser felices con bien poco. Hoy les bastó una botella verde de plástico y una goma.
"No tengo casa. Se cayó en el terremoto. Vivo con mi madre y mis dos hermanos. Mi padre murió hace tiempo. No tenemos tienda de campaña ni plásticos para protegernos. Dormimos en el suelo. Aún no hemos recibido comida de nadie", dice el Florvie, empeñado en escribir de su puño y letra un tanto inestable su nombre y apellido en la libreta del reportero incrementado las posibilidades de errores de interpretación.
"Estudio primaria, pero ya no hay colegio porque también se cayó. Me gustan la Historia y las Matemáticas. También me gusta cantar. Lo hago desde pequeño. Me invento las canciones, las aprendo de memoria y después las canto. La gente me paga por escucharlas. A veces me dan cinco gurdas [un dólar]. No sé cuántas canciones tengo en la cabeza. Quizás siete o más. De mayor me gustaría ser guitarrista".
El coro de curiosos se ha ampliado considerablemente. Ya casi parece un concierto. Hasta los que recogían basura han dejado unos minutos su labor para escuchar al niño que fabrica música y esperanzas de la nada. Florvie Dieuveson vuele a entonar la misma canción dedicada al terremoto y todos siguen atónitos el ritmo endiablado con una sonrisa boba prendida en los labios y los ojos muy abiertos.
Cuando se le pregunta por el nombre del instrumento que toca, Florvie responde con un deje de fastidio ante la ignorancia de su interlocutor: "¡Se llama guitarra!". El público aplaude la ocurrencia con la que chico acaba de noquear al extranjero que creía saberlo todo.
Tras un tercer bis de su canción, ya transformada en éxito local, y recibir a escondidas un pago por su talento, Florvie mira con disimulo el billete arrugado, pone cara de póker ante el curioseo general y pregunta al hombre blanco si le puede llevar en su coche junto a su madre. "Es para que no me roben el dinero", dice en un susurro. Ya en el automóvil, el guitarrista de Puerto Príncipe parece feliz con la recaudación del día. ¡20 dólares! ¿Qué vas a hacer con tanto dinero? El chico se hace el interesante demorando la respuesta, se pasa la mano por los ojos y exclama: "Se los daré a mi madre para que podamos comer hoy".
http://www.elpais.com/articulo/internacional/guitarrista/Puerto/Principe/elpepuint/20100216elpepuint_2/Tes

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