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domingo, 7 de febrero de 2010

ESFUERZO: Haití está de rodillas, pero sus habitantes están de pie

Miguel Franjul - 2/7/2010
ESCOMBROS EN PUERTO PRÍNCIPE NO DEJAN BORRAR AÚN SU IMAGEN DE UNA CIUDAD FANTASMA
Puerto Príncipe, Haití.- Ya no hay cadáveres por recoger en las calles de Puerto Príncipe, capital de Haití, pero los escombros del terremoto del pasado 12 de enero no logran borrar todavía su imagen de ciudad fantasma. “Puerto Príncipe está de rodillas, pero sus gentes están en pie”, me dice un amigo reflejando un leve aliento por el hecho de que muchos sobrevivientes vuelven a intentar una vida en relativa normalidad.
Y así parece ser. En algunos tramos de las avenidas Panamericana y Delmas han aparecido los venduteros de telas, chucherías, laterías, frutas y víveres, los anafes de las fritureras y las bateas plásticas de las que lavan ropas por paga.
Y aquellos que tenían otros negocios como las artesanías y las lámparas y adornos de metal, los cuadros de pintores autóctonos que mostraban un Haití de bellos paisajes o las obras en yeso para residencias han vuelto a sus oficios, tratando de reconectarse con una rutina que se interrumpió abruptamente el 12 de enero, poco antes de las 5:00 de la tarde.
Ese día la tierra tembló furiosamente hasta una escala de 7.3 de Richter y en menos de medio minuto echó abajo el 80% de las casas, dejó el resto a merced de una eventual caída o necesariamente lista para demolición, y convirtió esta capital en una tumba de más de 210,000 muertos no bien contados.
Productividad
El aparato productivo y comercial de la ciudad, sus sistemas de electricidad, comunicaciones y agua potable quedaron maltratadísimos.
Tanto así que ahora se piensa en mudar la ciudad a otro sitio menos vulnerable a los sismos y en diseñar un sistema de vida más descentralizado, ya que se calcula que el 50% del PIB se perdió en esta catástrofe.
“Estar en pie” significa abrir comercios. Muchas tiendas no lo podrán hacer porque perdieron todo. Los salones de belleza están funcionando y hay carpas de algunas compañías telefónicas en las que se producen largas filas de haitianos que quieren llamar a parientes en el extranjero para decirles que están vivos.
El tránsito, que es otra señal de vida, lo es al mismo tiempo de desorden y caos.
Parecería que todos los vehículos de la ciudad han salido al mismo tiempo y andan en caravana. Como las avenidas de Delmas y Panamericana son de dos carriles, el tránsito es lento y, en ocasiones nulo, cuando alguna cuadrilla de obreros o una grúa grande que remueve escombros tiene que tomar el espacio de un carril para hacer su trabajo.
Las esquinas de los principales entronques de la capital son focos de problemas.
Choferes y pasajeros, militares de la Minustah o del Ejército de Estados Unidos tienen que salir de sus vehículos atascados para tratar de abrir las vías ante tantos entaponamientos.
Ante la ausencia de policías suficientes, los más desesperados se toman las aceras o las vías en contrario y entonces producen un caos mayor.
Para ir de la embajada dominicana de Petion Ville a esa especie de tumba gigantesca que es Carrefour o el antiguo barrio caliente Cité Soleil, hasta la sede del comando de operaciones de emergencia del Gobierno, donde el presidente René Préval y el primer ministro Jean Max Bellerive despachan los asuntos de Estado, tomamos dos horas y media, en una distancia de apenas siete kilómetros.
Esto da una idea del nivel de dificultad con que se topan ahora las autoridades para llevar adelante el proceso de demolición y de limpieza de la ciudad.
A la intemperie
Pero a este problema hay que añadir que cerca de un millón de sobrevivientes, que perdieron sus casas, se han hacinado en improvisados campamentos o caseríos en solares o jardines de residencias o instiuciones que quedaron destruidas o semidestruidas, generando un problema de concentración humana casi inmanejable.
Tanto frente al destruido Palacio Presidencial como en los jardines de la “Primatura”, la sede de Bellerive, los espacios han sido ocupados por estos damnificados que defecan y orinan en el mismo lugar, porque ni siquiera hay abundantes sanitarios móviles ni otras instalaciones apropiadas.
Esto ha creado, de repente, unos focos poblacionales en lugares que antes no eran así. Los sobrevivientes que no tienen trabajo ni nada que hacer deambulan por las calles buscando algo, recogiendo lo que les parezca útil, buscando a parientes o sencillamente vagando.
Hombres con camisetas amarillas de la USAID se ven en algunos lugares con palas recogiendo la masa pulida de las casas de cemento, la basura, ropas viejas, cachibaches y muebles rotos que forman parte de los escombros, pero la falta de equipos grandes, de grúas, hace que sea lento el proceso de limpieza. Mientras se produce este trabajo, las polvaderas agudizan los problemas respirarorios y ensucian más las fachadas de las casas en pie.
Todavía hay muchas calles interrumpidas por los escombros, lo que limita el tránsito de vehículos a unas pocas avenidas altamente congestionadas por el paso de guaguas, motores, camiones o gente a pie. Las casas que quedaron endebles han sido numeradas y se les ha colocado un letrero en rojo que dice: “Pour démolir”. Esto indica que pronto el panorama será más desolador, pues será necesario derribar y recoger los escombros de al menos la mitad del 20% restante que no se llevó instantáneamente el terremoto.
La imagen más tenebrosa de la tragedia la ofrecen los cerros en los que habitaba la pobreza. Las casas de arriba cayeron sobre las de abajo y lo que se ve es un montón de cemento y madera deteriorada, una verdadera tumba.
De hecho, todavía no han podido ser extraídos cadáveres de ella. Por eso es que el cálculo de desaparecidos va en ascenso cada día.
LA EMBAJADA DOMINICANA
Detrás del consulado dominicano había un hospital infantil. Se fue abajo y aún al día siguiente del terremoto algunos miembros del personal escuchaban los gritos que paulatinamente se iban apagando de los niños que a ese momento estaban con vida debajo de los escombros.
La propia sede de la embajada dominicana, una mansión construida por órdenes de Trujillo en los años 40, está llena de grietas que obligan a demolerla. Esto lo han recomendado expertos enviados por el Gobierno dominicano. En el patio se han levantado carpas para que duerman los militares de la misión de ayuda y algunos empleados.
El embajador Rubén Silié y su familia han sido recibidos en casa de un amigo de la vecindad, hasta que todo se normalice. La embajada dispone de un helipuerto y hasta allí llegan los helicópteros que traen misiones o llevan haitianos a hospitales de Santo Domingo o la frontera.
Las historias de los sobrevivientes son sobrecogedoras. Mejor ni oírlas porque le llenan de dolor el alma. Es ahora cuando los haitianos se despiertan de la apabullante pesadilla del 12 de enero, y comienzan a enfrentarse a una realidad distinta y a un horizonte incierto. Puerto Príncipe está de rodillas, sin duda. Será necesario rezar mucho por su futuro.
http://www.listin.com.do/app/article.aspx?id=130684