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sábado, 27 de marzo de 2010

Con los jesuitas: El trabajo voluntario marca la diferencia en Haití


Claudio Álvarez-Dunn | Puerto Príncipe
Entre los restos de la capital haitiana y ante el desgobierno de las autoridades locales, son los voluntarios internacionales los que mantienen la ayuda fluyendo hacia las necesidades de la población.
Nuestra llegada a Haití ya presagiaba problemas. El vuelo de American Airlines de San Juan de Puerto Rico hizo escala en Santo Domingo, República Dominica, donde permanecimos ocho horas esperando el permiso para continuar nuestro viaje y entrar en el espacio aéreo del vecino país. Era el primer día en que el Gobierno de Haití se hacía cargo del aeropuerto internacional de Puerto Príncipe tras el terremoto que azotó al país caribeño hace poco más de dos meses.
Y el caos volvió a reinar con la llegada de los primeros vuelos comerciales.
Versiones circulantes hablaban de varios aviones sobrevolando la capital en espera del permiso, otras indicaban que el problema era de Washington y la FAA (Administración Federal Aeronáutica de EEUU, por sus siglas en inglés), mientras que otras apuntaban a que los funcionarios haitianos no estaban preparados para poner el aeropuerto en funcionamiento y otros más crueles especulaban que la corrupción local esperaba su parte en efectivo para dar el permiso de aterrizaje. Todas las anteriores son posibles en la actualidad haitiana.
La llegada
A bordo de nuestro avión iban médicos, enfermeras y brigadistas voluntarios, además de una pastora pentecostal con su grupo de misioneros que iban a construir una iglesia, haitianos que regresaban a casa a ver a los suyos, junto a varios «contratistas» que viajaban en busca de nuevos negocios. Dos canadienses llevaban con extremo celo en su regazo cajas con medicinas en hielo seco para socorro de médicos internacionales que están en Puerto Príncipe haciendo su trabajo también de manera voluntaria.
Tras la desesperante espera, llegamos a Haití. Dos inspectores de Inmigración nos recibieron en un oscuro galpón, donde nos sellaron el pasaporte de manera simbólica y donde nunca nos pidieron la declaración de Aduanas que tuvimos que llenar. Gracias a la complicidad de la gerencia de AA en Puerto Rico, cada brigadista llevaba una maleta extra con medicinas donadas, por lo que se hizo necesario pagar dos dólares por cada carrito para llevar nuestra carga hasta el auto que nos esperaba afuera. Nos abrimos paso entre empujones de haitianos que nos ofrecían sus servicios para cargarnos el equipaje y, de paso, liberarnos de la competencia humana que olía dólares en cada recién llegado.
El campamento de Iniciativas de Paz, brazo internacional de Iniciativa Comunitaria, una entidad puertorriqueña no gubernamental y sin fines de lucro, está localizado en carpas ubicadas en la parte trasera del Noviciado de la Compañía de Jesús, en la Rue 15 de Octobre del sector Tabarrè de Puerto Príncipe, donde los hermanos jesuitas pasan sus primeros dos años de adiestramiento. La torre de agua del edificio colapsó sobre el segundo piso, destruyendo la mitad de los dormitorios, mientras que el resto de las facilidades están rajadas y fisuradas. Algunos jesuitas duermen en carpas y usan los pasillos del edificio para acopiar medicinas y utensilios que a diario se reparten entre los refugiados.
En el patio se confunden los idiomas. Hay carpas con voluntarios de Estados Unidos, Portugal, España, República Dominicana y Puerto Rico, que conviven con cerca de 100 haitianos refugiados, familiares de los trabajadores del Noviciado que perdieron sus casas. Pero los voluntarios comienzan a escasear. Los reporteros de las cadenas internacionales de televisión ya no se ven por calles de Puerto Príncipe y los periódicos publican las noticias sobre cada vez más atrás en sus páginas y con menos frecuencia.
Los tres baños existentes en el campamento funcionan con agua que hay que acarrear de un pozo aledaño y que se acumula en una cisterna comunal, gracias a un generador que los jesuitas prenden desde el ocaso hasta las 9 de la noche. Luego de eso, todos tienen una media hora extra para acomodarse en sus carpas y esperar la luz del nuevo día. El alcohol, los chistes xenofóbicos y la música están prohibidos en los alrededores y todos respetan a rajatabla las reglas de sus anfitriones.
El trabajo
Antes del atardecer, los voluntarios de Iniciativas de Paz hacemos una reunión donde repartimos las tareas de esa noche y del día siguiente. Un grupo prepara la cena del día, además del desayuno y el almuerzo que se consumirá durante la misión del día por venir. El resto del personal debe preparar las cajas y maletas con medicinas que se repartirán durante la visita a una comunidad previamente elegida en común acuerdo entre nuestros líderes y los del barrio a visitar.
Los remedios viajan en una camioneta y el resto queda en una carpa que usamos como depósito. Otra carpa contiene alimentos enlatados, bolsas con arroz y otras vituallas que llegaron en ferry o barcazas, donadas por el pueblo de Puerto Rico para los voluntarios y el pueblo haitiano.

A las 6 de la mañana es el primer llamado para despertarse a desayunar. Una hora después llegan nuestro chófer, los traductores y un par de médicos haitianos que nos acompañan y quienes, literalmente, trabajan a cambio de comida y algo de agua.
Todos han perdido sus trabajos y algunos hasta sus casas y están conscientes que sólo con el trabajo voluntario podrán llevar algo de compasión a sus compatriotas. Hermosa lección de amor en acción.
Partimos al filo de las 7 y media de la mañana, tras una oración grupal. Nuestro contingente lo integran dos pediatras radicados en Cleveland, Ohio, la chilena Ximena Valdés, y el libanés Elie AbuJawdeh, libanés, dos médicos haitianos, Veronic Helen y Dr. Dean y el Dr. José Vargas Vidot, director ejecutivo de Iniciativa Comunitaria de Puerto Rico y principal gestor de estas misiones.
En la segunda fila están los enfermeros, Isaida Cabrera, una veterana ex empleada del Departamento de Corrección y maestra en universidades de Puerto Rico, junto a Kristen Carpenter y Don Prazuck. Detrás de ellos, a cargo de la farmacia están Felicitè Chàtel-Katz, Adalis Ortiz y Pedro Ramos, mientras que a cargo de las filas y la seguridad están Eduardo Vergara Agostini y el autor de este artículo.
Nos movilizamos en tres vehículos que consumen cerca de 600 dólares por semana en gasolina. En Haití el litro cuesta más del doble que en Puerto Rico o EEUU El tránsito es caótico, sin reglas, entre miles de Tap-tap, las coloridas camionetas de transporte público que acarrean cerca de 20 personas cada una, y paran sin avisar ante cada brazo que se levanta, convoyes de las Naciones Unidas con soldados armados, además de autos y camiones particulares que tocan bocina en cada esquina, pero no tocan el freno.
La primera visita
Nuestra primera visita es a un sector de Lilavois, en las afueras de Puerto Príncipe, donde llegamos entre calles pavimentadas por piedras, tierra seca y la curiosidad de los refugiados que nos ven pasar desde sus carpas.

En lo que montamos las dos carpas donde se atenderán a los pacientes, una larga fila de madres con sus hijos en brazos, mujeres embarazadas y personas mayores comienzan a hacer su turno para ver a los médicos. El líder de la comunidad nos advierte de que muchos de esos niños nunca han visto antes a un doctor.
Cada uno de nuestros médicos lleva un acta donde anota el nombre del paciente, la edad y su diagnóstico. Parásitos, diarrea, otitis, conjuntivitis, gastritis, deshidratación y desnutrición son los casos más comunes en estas clínicas ambulantes. En caso de una emergencia mayor se traslada al paciente a un hospital.
Cerca de las 3 de la tarde, al final de una agotadora jornada de seis horas bajo un sol abrasador, sumamos las actas y nos damos cuenta de la magnitud de nuestro servicio: atendimos ese día a más de 350 personas, la mitad de ellos niños y todos salieron con su medicina en la mano y una gran sonrisa en su rostro. La satisfacción no puede ser mayor. El grupo atendió más de 1.300 pacientes en 5 días y la misión lleva registrados más de 12,000 pacientes.
Desarmamos la clínica ambulante y partimos rumbo a nuestro campamento para iniciar otro ciclo. Recargar las cajas de remedios, preparar la cena de hoy, más el desayuno y el almuerzo de mañana, tomar una ducha con un balde de agua fría y caer rendidos en nuestra bolsa de dormir con el corazón henchido de grandeza por el trabajo voluntario realizado.
Mañana nos espera otra jornada gloriosa; sopla un poco de brisa y pienso que Dios nos está acurrucando a todos, a ellos que tanto lo necesitan y a nosotros que le llevamos una pizca de esperanza.