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jueves, 2 de diciembre de 2010

Libre quiero ser

Félix Flores
02/12/2010
Libre, lo que se dice libre, Haití no lo ha sido nunca. En la misión de estabilización de la ONU hay quienes ven a los haitianos como un pueblo atrasado, pero al mismo tiempo miembros civiles y militares de la Minustah reconocen que los haitianos tienen razón cuando dicen que se encuentran bajo ocupación militar desde el 2004. A nadie le gusta ver soldados extranjeros en su país, razonan, pero afirman que es innegable que "con nosotros" las cosas han mejorado –sobre todo en los últimos años-, y "si nos vamos será mucho peor". Mal si nos quedamos, mal si nos vamos, dicen.
La misión de la ONU en Haití presenta un problema de fondo, que es cierta indefinición. Aquí no hay ni ha habido guerra, no existen problemas estrictamente étnicos ni de religión sino sociales, que son producto de su historia. Estos problemas se resumen, en lo que a la ONU respecta, en la ausencia de una administración con cara y ojos y en problemas de orden público que ni siquiera alcanzan la gravedad de otros estados mejor considerados, como México o todo el entorno centroamericano.
La intervención de apagafuegos del organismo mundial deriva de la intervención extranjera –notoriamente, de Estados Unidos- y de la incapacidad o desinterés de la clase dirigente haitiana para construir un estado.
Como en tantas otras misiones de la ONU, en Haití se han dado casos de abuso de la violencia -como bien recuerdan en Cabo Haitiano o en la facultad de Etnologísa de Puerto Príncipe- que quedan grabados en la memoria de la población (corta para otras cosas, un defecto universal), sirven de coartada para la ausencia de discurso político, como se está viendo en las elecciones en curso, y erigen un muro entre "nosotros" y "ellos".
Pero hay que ver quién pone la primera piedra. Al que cobra miles de dólares al mes, le da igual en que país esté, y se exaspera hasta enloquecer por la actitud incomprensible, tan pronto errática como cerril, de los chóferes a su servicio en el tráfico demencial de Puerto Príncipe, le costará entender a los haitianos. Las ONG de medio pelo, que son miles aquí, no entenderán por qué los refugiados del Champs de Mars, delante de un palacio presidencial derruido como signo de una época por el terremoto del 12 de enero, viven mejor que antes, con sus duchas, sus letrinas y su agua potable suministrada que los ha mantenido hasta ahora a salvo de una epidemia de cólera que ha matado a más de 1.800 personas en todo el país. Este personal internacional, que gasta una fortuna en estudios y en gestiones burocráticas, ni deja hacer ni tiene un poder efectivo para imponer cambios que mejoren un administración pública a beneficio de la población. En esta situación, casi de de limbo institucional, hay en Minustah –en la rama civil y en la militar- quien opina que la ONU tendría que haber aplicado en Haití un mandato más ejecutivo, tomando el ejemplo de la exitosa misión de Timor Leste. Por el contrario, lo que perciben los haitianos es un desfile continuo de carísimos todoterrenos blancos que circulan por las carreteras. Hay quien dice, incluso, que cada fecha de revisión para la continuidad de la misión va acompañada de un incremento de la violencia en las calles que la justifica.
Algunas opiniones de haitianos recogidas durante unos días en Puerto Príncipe son muy contundentes, pero basta con una bien argumentada, la del doctor Denois Erick Cantave. El concepto de comunidad internacional que se impone a Haití como rectora de su destino –a través de la intervención militar, la ayuda humanitaria privatizada, los fondos internacionales para esto y para lo otro…- "nos pone situación de complejo de inferioridad psicológica", dice el doctor. "La comunidad internacional nos hace creer que cuando estamos en desacuerdo con ella estamos en desacuerdo con el resto del mundo, cuando en realidad se trata de funcionarios internacionales".
Se puede juzgar que opiniones como esta corresponden a la intelectualidad haitiana, una minoría. Pero teniendo en cuenta que sus canales de comunicación son muy escasos y que ese mismo sentimiento –expresado con otras palabras o sin ellas- se puede encontrar en una mayoría casi iletrada, será que existe un deseo general de existencia de un Estado, que no se ha alcanzado todavía en 200 años de independencia y que no se está viendo satisfecho con la ayuda de nadie.
http://www.lavanguardia.es/lv24h/20101202/54078855186.html