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lunes, 13 de diciembre de 2010

El único campamento de Haití es "una bomba de relojería de cólera"

Cuando el gobierno y las agencias de ayuda habilitaron
un campamento en Croix-des-Bouquets (Haití) en abril,
 miles de haitianos desplazados por el terremoto  fueron
trasladados allí en autobuses para intentar comenzar
una nueva vida lejos de la destrozada Puerto Príncipe.
06:30h: Ezra Fieser, Croix-des-Bouquets, Haití GlobalPost
Nació como una promesa del Gobierno haitiano para los desplazados por el terremoto. Meses después de la catástrofe, miles de personas se han establecido a los alrededores del campamento en chabolas. Pero la periferia no recibe los servicios básicos y se ha convertido en una “bomba de relojería de cólera”.
Cuando el gobierno y las agencias de ayuda habilitaron un campamento en Croix-des-Bouquets (Haití) en abril, miles de haitianos desplazados por el terremoto fueron trasladados allí en autobuses para intentar comenzar una nueva vida lejos de la destrozada Puerto Príncipe. Impulsado por la comunidad internacional y apoyado por el gobierno, Camp Corail es diferente al resto de campamentos que surgieron de forma espontánea tras el desastre, cuando los haitianos tuvieron que ocupar cualquier espacio de tierra disponible para levantar refugios improvisados. Corail es el único campamento “oficial” del país.
Sus habitantes viven en tiendas de campaña a prueba de huracanas, convenientemente separadas las unas de las otras, en un trozo de tierra estéril al pie de las montañas al norte de la capital.
Desde agua potable a letrinas y planes para construir viviendas permanentes, todo estaba planificado... excepto la situación actual.
Las ordenadas tiendas del campamento están literalmente rodeadas por miles de chabolas en ruinas que se extienden por las laderas de la montaña, como si fuesen hormigas. La gente que se ha quedado sin hogar llega y ocupa un trozo de tierra cualquiera, aunque sea de forma ilegal. Han construido refugios con lonas usadas, roban el agua de las reservas de Camp Corail y llevan a sus hijos a sus escuelas.
“Estamos en manos de Dios; nadie nos está ayudando”, asegura Marilande Gostine, una anciana que vive bajo una lona desvencijada.
Corail fue publicitado por el gobierno haitiano como la solución para el gran dilema posterior al terremoto: cómo conseguir que los supervivientes dejasen los campamentos improvisados en medio de las carreteras, parques públicos y tierras privadas y se instalasen en espacios permanentes, y legales.
De buque insignia a barco pirata
Pero en lugar de eso, Corail se ha convertido en un símbolo de la ineptitud del gobierno. Los ocupas siguen llegando a diario a sus alrededores (hay ya unos 100.000 según algunos cálculos) y el gobierno continúa ignorándoles.
“Esa gente está fuera del ámbito del acuerdo con las agencias humanitarias, que sólo pueden trabajar en los campamentos”, afirma Leonard Doyle, portavoz de la Organización Internacional de la Migración, una agencia que coordina los servicios humanitarios en los campamentos. “Se tiene que hacer algo, y tiene que ser una acción por parte del gobierno”.
Reiterados mensajes y llamadas a representantes oficiales solicitando entrevistas con GlobalPost no han sido respondidas. “En este momento, la atención está en las elecciones”, reconoce un funcionario en la oficina del primer ministro.
Para la gente en los asentamientos de Croix-des-Bouquets las elecciones del 28 de noviembre sirvieron para reforzar su sentimiento de abandono. De hecho, allí nunca se llegó a abrir la mesa electoral el día de los comicios.
Sin reconocimiento no hay ayudas
“No nos reconocen, ni las organizaciones en los campamentos ni el gobierno. No recibimos ninguna ayuda”, asegura Cicas Glionest, un sacerdote que ha levantado una iglesia baptista con unas cuantas maderas.
Glionest vive en uno de los tres grandes asentamientos de la zona. Se llama Jerusalén, aunque no se puede decir realmente que esté bendecido. Azotado por el viento y seco, se parece más al Sáhara que al Caribe. Los puestos de trabajo escasean, al igual que la infraestructura sanitaria. Los habitantes tienen que defecar en agujeros o en bolsas que después tiran en el campo.
“Es una bomba de relojería de cólera que estallará en cualquier momento”, advierte Bryant Castro, del American Refugee Committee, que gestiona los servicios en Camp Corail. La clínica del campamento trató su primer caso de cólera a finales de noviembre, un hombre de los asentamientos ilegales.
“Algunos [grupos de ayuda] han decidido hacer algunas cosas en el exterior del campamento, de manera unilateral, pero cuando se habla de cólera lo que hay que tener es una respuesta coordinada, y eso no está ocurriendo aquí”, denuncia.
Camp Corail es la foto de un problema mucho más grande en el Haití posterior a la catástrofe de enero. Las agencias humanitarias se apresuraron a aportar los servicios básicos que no tenía el gobierno, como agua potable y letrinas para más de un millón de personas que se quedaron sin hogar. Las organizaciones internacionales asumieron esos servicios mientras el gobierno se volvía a poner en marcha. Pero más de diez meses después, el gobierno ha logrado muy pocos avances visibles.
Agua solo para los de dentro
“Oxfam hizo llegar el agua y medidas de higiene al campamento. Pero ahora hay una enorme necesidad fuera del campamento, en donde no podemos ofrecer ayuda”, afirma Julie Schindall, portavoz de la organización. “Es bien sabido que el cólera se extiende desde las zonas en donde no hay medidas de higiene hacia las que sí tienen determinados servicios”.
El cólera ya había matado a más de 2193 personas el 11 de diciembre, unas seis semanas después del estallido de la epidemia. Las agencias sanitarias creen que la bacteria podrá infectar a unos 650.000 haitianos en los próximos meses.
Las zonas más vulnerables son aquellas sin acceso regular a agua potable y a instalaciones sanitarias, como sucede en Jerusalén.
Castro asegura que ha advertido de la situación al máximo responsable humanitario de la ONU, Nigel Fisher, así como a ministros del gobierno, y que también planteó la situación en una reunión de situación en la que se reúnen empleados de diferentes agencias humanitarias para coordinar la ayuda. Pero dice que no ha recibido respuesta alguna.
Las peticiones para entrevistar a Fisher no han sido contestadas.
Se suponía que Corail-Cesselesse, tal y como se conoce esta zona, iba a ser la respuesta a la miseria del terremoto, no otro quebradero de cabeza.
En marzo, Puerto Príncipe estaba repleto de asentamientos de tiendas de campaña, en donde se las arreglaban para sobrevivir el más de un millón de personas que se quedaron sin casa por el terremoto que en enero mató a otras 230.000. Los escombros de los edificios derrumbados se veían en todas las calles.
La mayoría de los habitantes de la ciudad no podían volver a sus casas, gran parte de ellas alquiladas. Las casas estaban dañadas, y en otros casos las rentas se multiplicaron por tres. Los donantes internacionales prometieron millones de dólares, con la esperanza de que se podrían construir nuevas viviendas o refugios.
Buen sitio pero tampoco perfecto
Pero lograr las tierras para construir esos refugios no es fácil de conseguir. Un ejemplo de ello es el propio Corail: una franja de tierra virgen, entre el mar Caribe y las montañas, a unos 16 kilómetros al norte de Puerto Príncipe.
La ubicación no era ni mucho menos la idónea. Está en una zona inundable, y las tiendas más cercanas están a 30 minutos en transporte público, dicen sus habitantes. Las organizaciones humanitarias no obstante tuvieron pocas oportunidades para decir lo que pensaban: les avisaron con 48 horas de antelación que se iba a producir el traslado de la gente al campamento.
En torno a unas 6.000 personas fueron seleccionadas entonces en el campamento espontáneo que se creó en el campo de golf de Petionville, en la capital. La organización humanitaria del actor Sean Penn se encarga de gestionar ese campamento.
Dichas personas fueron trasladadas a las tiendas de campaña nuevas, con la promesa de que pronto les entregarían casas de madera y suelo de cemento. World Vision y la Organización Internacional de la Migración recibieron el encargo de construir los nuevos refugios más duraderos, pero cuando estaban preparadas para hacerlo cientos de personas ya habían empezado a ocupar las tierras destinadas para ello.
Ahora sólo hay espacio para 2.114 casas, dice Castro. “El gobierno no hizo nada para controlar la tierra y evitar que la ocuparan”, se lamenta.
El gobierno encargó al arquitecto y constructor Gerard-Emile Brun, conocido como Aby, la tarea de supervisar el traslado. También es propietario de gran parte de la tierra.
“Esta es ahora nuestra casa, el único problema es que ya no tenemos dinero o trabajo”, explica Rodrigues Polinis, un padre con dos hijos que en abril fue trasladado a Corail desde el campamento de Penn.
De vez en cuando Polinis logra trabajar conduciendo un camión, pero no es nada fijo. Cría palomas y cultiva calabacín al lado de su tienda de campaña, pero “si no hay dinero, no hay comida”, dice. El desempleo, la falta de espacio en las escuelas y las colas para las fuentes de agua son en su opinión los mayores problemas del campamento.
“No hay muchas otras opciones para conseguir agua”, asegura Elaine Fosting, que vive a apenas 200 metros del campamento y manda allí a sus hijos y nietos a llenar botellas de plástico en las fuentes.
Las agencias humanitarias se encuentran impotentes, porque tienen que aportar servicios a todo el mundo de manera igualitaria.
El campamento se ha convertido en un gran imán de servicios que continúan atrayendo a nuevos habitantes a los asentamientos. “Estamos acercándonos mucho a la ruptura del principio de no hacer daño”, asegura. “Cada día llega más gente. Esto que ves aquí bien se podría ser el próximo barrio degradado de Puerto Príncipe”.
http://noticias.lainformacion.com/mundo/el-unico-campamento-de-haiti-es-una-bomba-de-relojeria-de-colera_jGYR1qFO1uD37L7q7BknR4/

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