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viernes, 27 de agosto de 2010

Solo palabras sin hechos

HAITÍ , 12 de enero, 7,0 grados
Siete meses después, uno de cada seis haitianos vive en la calle y el país carece de un plan concreto de reconstrucción

IBAN CAMPO
Santo Domingo 27/08/2010
En Puerto Príncipe, la capital de Haití, andan pendientes de lo que ocurra en el Atlántico. De allí llegan los huracanes, cuyos vientos cargados de agua pueden superar los 250 kilómetros por hora. El impacto de uno de ellos sobre territorio haitiano haría aún más dura la vida cotidiana en un país que, desde hace siete meses y medio, vive en una especie de limbo después de sufrir un terremoto con magnitud de 7,0 grados en la escala de Richter. Es como si mover un dedo para pasar de la teoría a la práctica y comenzar a cambiar la realidad del país más pobre de América fuera un deporte extremo en el que pocos se quieren aventurar.
El seísmo del pasado 12 de enero , que destrozó casi por entero Puerto Príncipe y zonas cercanas, dejó más de 220.000 muertos, unos 330.000 heridos y provocó el desplazamiento de 2,3 millones de haitianos (de una población de 9 millones) que quedaron sin hogar. Al menos 1,5 millones -una sexta parte del país- viven hoy bajo lonas en los campamentos montados y controlados, en su mayoría, por organizaciones internacionales de diferente índole. En ellos, niños y adultos reciben asistencia humanitaria que se traduce en alimento, agua potable y medicinas. Pero vivir sobre tierra que se convierte en fango en cuanto llueve es augurio de un nuevo gran desastre natural si lo que llega es un ciclón.
El presidente haitiano, René Préval, ha fijado como prioridad el realojamiento de quienes perdieron el techo por el temblor. El problema es que no tiene muy claro cómo va a lograr que la población secunde algunas de las ideas que comparte con las organizaciones de ayuda internacional. Primero, porque la gente tiene miedo de meterse en las alrededor de 25.000 viviendas que, tras inspección, han sido declaradas aptas para el realojo. Segundo, porque muchos de quienes las ocuparían prefieren seguir malviviendo en los campos de refugiados a que les retiren los "beneficios" que reciben en ellos y tener que volver a buscarse la vida, como era antes, sin garantía alguna de comer, beber o ser atendido de una enfermedad. El español Damián Cardona, ex consejero especial de la Misión de la ONU para la Estabilización de Haití (Minustah), lo dice sin tapujos, aunque suene cruel a la luz de las imágenes. "Viven mejor que antes, pues ahora se les provee de alimentos, agua corriente, letrinas, medicinas...".
Siete meses y medio después del temblor, los escombros siguen donde quedaron y la organización social de quienes sobrevivieron está marcada por las consecuencias de la tragedia más que por la clase. En los campamentos, pese a la seguridad que se anuncia, hay denuncias de promiscuidad, abusos sexuales y delincuencia. Ahí se resignan quienes lo perdieron todo. Los que apenas sufrieron daños directos viven su cotidianidad con cierta normalidad. Por último, está la gran masa de personas -haitianos y extranjeros- que dedica su jornada a trabajar por una reconstrucción de la que todos hablan y nadie ve.
Rosa Gilda Vélez cree que esa situación está a punto de cambiar. Es delegada dominicana en la Comisión Interina para dichas labores, conformada principalmente por el grupo de países donantes y copresidida por el actual primer ministro haitiano, Jean Bellerive, y el ex presidente estadounidense Bill Clinton. Explica que en la segunda reunión del grupo, celebrada a mediados de agosto, se examinaron 29 proyectos concretos para mejorar la situación y avanzar hacia el nuevo Haití. Todos están relacionados con educación, salud e infraestructuras de servicios básicos. "Solamente 11 tienen financiamiento total disponible. Serían 1.600 millones de dólares ya listos de los 5.300 comprometidos a 18 meses en la conferencia de países donantes celebrada en Nueva York en marzo pasado". Esos fondos están, según dice, en manos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). "Creo que ahora que hay otros 18 proyectos concretos sobre la mesa para ejecución, el dinero fluirá más fácil".
Todo parece un problema de concreción. O hasta de falta de confianza, si se quiere: los donantes no desembolsan los fondos porque no hay un plan concreto para usarlos. Damián Cardona, quien sigue trabajando con la ONU ahora en Colombia, no lo especifica así, pero cuando se refiere al tema apunta en esa dirección. "Mucha gente esperaba un plan para resolver todos los problemas, pero con los comicios a la vista parece que ese plan dependerá más de las nuevas autoridades que salgan electas que del actual Gobierno". Otras fuentes de la llamada comunidad internacional intuyen que la decisión de los donantes es mantener la ayuda de emergencia, apoyar al actual Gobierno en sus quehaceres diarios y aguantar para poder trabajar con un nuevo Ejecutivo, que debe aportar el plan de "refundación" concreto para sacar a Haití de la tragedia y de su pasado de pobreza extrema. Hay más de una veintena de candidatos para optar a suceder a René Préval. En estos días, la polémica electoral ha estado marcada por la decisión del comité electoral haitiano de rechazar la candidatura del cantante de hip-hop Wyclef Jean, al que unos ven incapaz para el cargo y otros como una opción de liderazgo diferente que llevaría ilusión y esperanza al pueblo haitiano para su refundación.
Alejada un tanto de esas trifulcas vive la antropóloga Rachelle Doucet. Su vivienda no sufrió daños, pero la rodean los escombros de sus vecinos. "El Gobierno únicamente está centrado en atender a los pobres. Las casas semiderruidas de mi calle son de personas de clase media y las autoridades piensan que no les deben ayudar". Pero cuando los obreros que pueden tumbar las paredes que todavía resisten y llevarse los cascotes piden hasta 35.000 dólares por la labor, el asunto se vuelve complicado. Más, cuando se trae a colación la cultura y la psicología haitianas. "La herida se reabre cada vez que alguien que ha perdido a sus familiares y amigos pasa por delante de una vivienda o edificio derruido y ve los escombros aún allí".
Saben que aún hay cadáveres bajo las ruinas, y eso hace mella en sus mentes, dice Doucet. "Cuidar de los muertos es una prioridad en nuestra cultura. Para nosotros tiene más peso un funeral digno que una vida digna. Y eso no lo han entendido en la comunidad internacional".
http://www.elpais.com/articulo/internacional/Solo/palabras/hechos/elpepuint/20100827elpepuint_1/Tes