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lunes, 14 de febrero de 2011

Así vive la "petit Haití" de Santiago

Terremoto, cólera y falta de trabajo son los motivos que empujaron a los haitianos a arrancar de su país y asentarse en Santiago. Aquí encontraron tranquilidad y empleo. La mayoría se concentra en Quilicura: ahí, uno abrió un local; otro, enseña inglés y unos cuantos más participan de las misas evangélicas. por Por Benjamín Blanco Abarca

Youry Fillien levanta con fuerza la cortina metálica de La Belle Etoile. Hace 10 meses que abrió ese local de comida rápida en Quilicura, donde ofrece completos y churrascos, pero también plátanos fritos y arroz con frijoles, platos típicos de Haití. De hecho, además de restaurante, La Belle Etoile es uno de los centros de reunión más importantes para los haitianos repartidos en esa comuna del sector norte de Santiago. "Muchos taxistas que trabajan en el aeropuerto, al ver que llega gente de mi país, los traen para acá, porque les prestamos ayuda, asesoría y un lugar donde dormir ", comenta Fillien, en un perfecto español, mientras tres compatriotas llegan al local arrastrando grandes maletas y sin ganas de decir muchas palabras.
Este hombre de 34 años es uno de los cerca de mil haitianos que la Fundación Instituto Católica Chileno de Migración (Incami) calcula que vive en Santiago. Llegó porque tener una vida tranquila en su país, era imposible. En 2004, la inestabilidad política recrudeció tras el fin del gobierno del ex Presidente Jean-Bertrand Aristide, lo que obligó a la ONU a crear la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah). Chile aportó entonces 333 efectivos y fue la primera vez que los haitianos tuvieron un contacto directo con chilenos. Ahora, el vínculo Chile-Haití vuelve a tocarse, luego de que hace más de un mes el canciller Alfredo Moreno abrió el debate sobre la posibilidad de reducir el contingente militar en el país caribeño.
Fillien llegó a Santiago a mediados de 2007. Ya sabía castellano y allá estudiaba contabilidad en la Universidad de Puerto Príncipe, pero recuerda que no pudo llegar a clases durante varios días. Las calles habían sido tomadas por pandillas. En ese momento pensó en dejar a su familia y emigrar. "Fui a la embajada de Francia, pero ahí me enteré de que habían suspendido mi visa. Tuve que buscar otro destino y una amiga me contó de una prima en Chile. La llamé y me dijo: 'Acá se vive tranquilo. No tengo plata, pero se vive tranquilo'. Ese mismo día compré el pasaje y me vine", cuenta.
Al llegar a Santiago trabajó en una distribuidora de carne y haciendo el aseo en oficinas. Con esa plata, más algunos ahorros que tenía en Haití, abrió el local. "Chile no es tan avanzado como Francia, pero Santiago es una ciudad ordenada, donde hay servicios, como agua caliente y luz".
No todos han tenido la suerte de Fillien. La mayoría trabaja en barracas de fierro o empresas de ensamblaje, donde no ganan más de $ 180 mil al mes, sólo un poco más de lo que puede costar el arriendo de una casa en Quilicura ($ 70 mil mensuales). Esto obliga a muchos a compartir techo y a vivir hacinados. De todas formas es más de lo que ganarían en su país: en Haití, el sueldo mínimo es de US $ 2 diarios. Si se les pregunta, la mayoría dice que no quiere volver, pero más que por un asunto de dinero, porque aquí están tranquilos. Eso no les impide soñar: algunos piensan con viajar a Estados Unidos.
Decir que Haití es el país más pobre del hemisferio occidental no explica del todo el aumento de inmigración. El terremoto de enero de 2010 gatilló también una salida masiva, luego de dejar más de 230 mil muertos y severos daños en la ya precaria infraestructura. Luego, vino el cólera y a fines del año pasado, unos pocos lograron irse a Francia o Estados Unidos. Otros encontraron su destino acá.
La Incami estima en 750 los haitianos que viven en Quilicura y en 250 los que se reparten en Estación Central e Independencia. En 2006 no superaban la veintena. Sin embargo, Fillien, quien junto a la Municipalidad de Quilicura creó la Asociación Educativa Sociocultural Flambeau (antorcha), donde se les enseña español a los haitianos y algunos de éstos enseñan inglés a los vecinos de la comuna, cree que los inmigrantes ya superaron los cuatro mil.
La razón de esto la explica Fanny Caire, encargada de asuntos haitianos de Incami. "En el sector hay muchas empresas de ensamblaje en cadena. Ahí no es necesario hablar el idioma para poder realizarlo. Muchos llegan con visa de turista, pero se quedan gracias a la visa sujeta a contrato de trabajo".
Según el edil Juan Carrasco, los haitianos han tenido una gran integración en la comuna. "Son tranquilos. De poca fiesta y mucho deporte. Además, participan en algunas iglesias evangélicas del sector y son buenos vecinos. Incluso, se involucran en las actividades comunales", explica Carrasco. No es que se hayan convertido a otra religión: sucede que el 25% de los haitianos profesa esta religión.
Gran parte de ellos tiene un alto nivel de educación y han pasado por la universidad. Fillien dice que el boom de la llegada de sus compatriotas comenzó en 2006 por unos 20 estudiantes que arribaron a Chile. "Estaban en una universidad de República Dominicana, pero luego de un impasse diplomático, ese país les canceló la visa. Entonces buscaron entidades que tuvieran convenio con las de República Dominicana y se vinieron a Chile", cuenta.
Es por eso que mucho de los llegados domina algo de español e inglés. Sin embargo, aquí ejercen labores secundarias. "Durante un tiempo, intentamos que algunas haitianas trabajaran en el servicio domestico, pero no resultó. La historia ligada a la esclavitud de Haití les impedía emocionalmente recibir órdenes directas. Prefieren trabajar ocho horas paradas en una fábrica", cuenta Fanny Caire.
No todos aceptan hablar sobre su situación como Fillien. Frankz tiene 24 años y aunque nunca deja de mirar a los ojos, evita revelar su apellido. Vive junto a otros seis haitianos en una pequeña morada de tres habitaciones en Quilicura, desde donde sobresale una antena de televisión satelital. De sus compañeros, es el único que habla castellano y hasta mediados de 2009, trabajaba como guardia de un banco en Cap-Haïtien. Cuando lo despidieron, optó por emigrar. "Acá trabajo en una barraca de fierro. Me vine a Chile, porque tenía un primo que vivía acá", explica, protegido por el portón de la casa y franqueado por tres de sus compañeros.
Frankz reconoce que sigue la actualidad de su país. Con la antena de su casa puede sintonizar una radio haitiana. Fue así como el 16 de enero se enteró de que el ex dictador Jean-Claude Duvalier, quien gobernó el país entre 1971 y 1986, había regresado a Puerto Príncipe después de 25 años de exilio y había desatado una ola de expectación entre sus adherentes. "Creo que él es una posibilidad de mejorar la situación. Con él habría más trabajo", comenta.
¿Discriminación? "Poco, no mucha. La gente es buena con nosotros. Lo que no me gustó fue que para el mundial fui a comprar la camiseta de Jean Beausejour al centro y no estaba. Se podía comprar la de todos los jugadores, menos ésa", lamenta Fillien.
http://diario.latercera.com/2011/02/13/01/contenido/santiago/32-59221-9-asi-vive-la-petit-haiti-de-santiago.shtml