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martes, 1 de marzo de 2011

Futuro incierto para haitianos deportados por EEUU

DAVID MCFADDEN


Con sus dientes de oro, sus aros y acostumbrado a la vida en la Florida, Serge Michel Dorval teme que en el barrio de carpas para refugiados del terremoto del año pasado donde vive lo tomen por un estadounidense rico.

Es un miedo que no lo deja dormir de noche.

Este joven de 25 años no es estadounidense, por lo menos para el gobierno de Estados Unidos, que lo envió junto con otras 26 personas a su país natal al reanudarse en enero las deportaciones, suspendidas durante un año a raíz del terremoto que destruyó buena parte de la capital haitiana. Todos menos uno de los deportados había sido hallado culpable de algún delito. El restante era considerado una amenaza a la seguridad nacional.

Dorval se defiende con el creole, pero dejó Haití de niño y todavía está aprendiendo a manejarse en un país devastado, donde la mayor parte de la gente no tiene trabajo ni esperanza de encontrar uno. Vive en una carpa y añora las duchas calientes y el acondicionador de aire. Extraña a su hijo, quien vive en Fort Myers, Florida. Teme que su condición de delincuente deportado, que pasó dos años en la cárcel por posesión de cocaína, lo convierta en blanco de la policía. Y se pregunta cómo hará para sobrevivir.

"No le deseo Haití ni a mi peor enemigo", declaró Dorval frente a la carpa que comparte con otras dos personas en un campamento de Puerto Príncipe donde viven miles haitianos que perdieron sus casas en el terremoto. "Estoy acostumbrado a ser tratado como un ser humano. En Haití la vida no vale nada".

Dorval es parte de una avanzada. El gobierno estadounidense suspendió por un año las deportaciones, pero planea expulsar este año a otras 700 personas condenadas por distintos delitos, según Bárbara González, vocera del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (conocido como ICE, por sus siglas en inglés). No dijo cuándo serán deportadas por razones de seguridad.

Cientos de miles de mexicanos, colombianos, salvadoreños, jamaiquinos y de otras nacionalidades son deportados a países que casi no conocen desde 1996, cuando el Congreso estadounidense dispuso que todo extranjero condenado a un año o más de prisión sea enviado de vuelta a su país al ser liberado.

Varias agrupaciones pidieron que se suspenda la repatriación de haitianos en vista de las "condiciones inhumanas" imperantes en su país, donde una epidemia de cólera mató a más de 4.000 personas desde octubre.

Las autoridades de inmigración dicen que la ley es clara y que deben deportar a los delincuentes a menos que haya razones poderosas que lo impidan. Y opinan que las condiciones en Haití han mejorado y no hay nada que frene las deportaciones.

Los recién llegados opinan muy distinto.

Uno de ellos falleció, posiblemente de cólera. Y todos fueron detenidos a su llegada por la policía haitiana. La mayoría fueron alojados en verdaderos calabozos durante diez días.

"Fue una pesadilla. Teníamos un balde para hacer nuestras cosas... No había camas y dormimos en un piso sucio", relató otro deportado, Jean Daniel Maurice, de 24 años y quien vivía en Spring Valley, Nueva York. Cuando tenía 18 años fue a la cárcel por robo. "Si no tenías algún pariente que te llevaba comida, no comías".
Wildrick Guerrier, de 34 años, se enfermó gravemente mientras estuvo detenido junto con una docena de deportados y con varios sospechosos de haber cometido delitos. Dorval, quien estuvo preso con él, cuenta que Guerrier exhibió síntomas típicos de cólera como diarrea, debilidad y vómitos tras asistir a otros reos, incluido uno que había recibido una tremenda paliza y que se defecó encima.

Los presos le imploraron a la policía que trajesen un médico para que viese a Guerrier, quien fue apodado "el Jesús negro" por la forma en que ayudó a otros reos, según Dorval. No recibió asistencia médica. Varios detenidos entrevistados por AP declararon que la policía les había dicho: "Vienen aquí para eso, para sufrir".
Guerrier, quien había participado en una huelga de hambre mientras estuvo preso en Estados Unidos para protestar su deportación, fue finalmente liberado y se fue a vivir con una tía. Pero falleció a los dos días, según agrupaciones defensoras de los derechos humanos.
"Tenía un gran corazón y la policía lo dejó morir", expresó Dorval.
Guerrier fue detenido en una ocasión por golpear a un agente en Estados Unidos y condenado a libertad vigilada. Posteriormente fue considerado un delincuente por portar un arma cuando trabajaba como guardia.
No se reveló la causa de su muerte. El jefe de la policía de Haití Mario Andersol no respondió varias llamadas de la AP.
Michelle Karshan, directora de Alternative Chance, que trabaja con delincuentes deportados desde hace más de una década, sostuvo que el gobierno de Barack Obama está condenando a muerte a los haitianos que deporta.
"El informe más reciente del Departamento de Estado sobre derechos humanos reconoce las condiciones horrendas e ilegales de los centros de detención y sus recomendaciones de viaje más recientes dejan en claro que se corre riesgo de contraer el cólera", manifestó Karshan.
Quienes postulan mano dura con los indocumentados no sienten lástima alguna por los deportados.
"Sus defensores piensan que las condiciones para su retorno nunca son las indicadas", declaró Ira Mehlman, de la Federation for American Immigration Reform. "No hay razón alguna para que Estados Unidos sea obligado a dejar en libertad a delincuentes que deben ser deportados".
El único de los deportados sin antecedentes penales fue Lyglenson Lemorin, quien fue absuelto en un juicio en el que se lo acusó de complotar para destruir las Torres Sears de Chicago en el 2007. Si bien era un residente legal de Estados Unidos, las autoridades dijeron que constituía una amenaza para la seguridad nacional. Presentó una apelación que no prosperó y no pudo evitar su deportación.
"Se siente mal uno sabiendo que no hay justicia. Es desgastante tener que vivir aquí, dejando a mi esposa, que está enferma, y a mis tres hijos", expresó Lemorin durante una entrevista en la casa de una tía en las afueras de la capital.
La mayoría de los deportados no tienen planes definidos. Maurice insiste en que el pavor que le causa el barrio donde vive lo alejará de la delincuencia.
"Nos enviaron a una zona de guerra", manifestó Maurice, quien vive con familiares en un barrio de pandilleros. "Todas las noches escuchas tiros".
Cuenta que cuando empiezan las balaceres, sale corriendo en estado de pánico, pero no sabe adónde va.
Maurice asegura que hará una vida honesta.
Otros han perdido toda esperanza.
"Terminaré muerto. No creo que dure un año", dijo Pierre Beauduy, un deportado de 28 años que vive en un campamento en una colina. En Estados Unidos residía en Brockton, Massachusetts, y dice no tener familia en Haití. Relata que pasa sus días en una carpa oscura, mirando hacia las paredes, bajo un sol abrasador o lluvias torrenciales.